La decisión de la FIFA de corregir sus políticas de traducción durante la Copa del Mundo 2026 expone una grave falta de previsión cultural y demográfica respecto a las sedes del torneo. La regla inicial limitaba el español únicamente a las sedes donde jugaban selecciones hispanohablantes (como México, España, Argentina o Colombia). Sin embargo, el comité organizador pareció ignorar que en los Estados Unidos —uno de los países coanfitriones— habitan más de 57 millones de personas que hablan español, consolidándolo como el segundo idioma más hablado en la nación norteamericana y una fuerza económica y mediática descomunal para las audiencias del fútbol.
Mientras que en sedes mexicanas como Guadalajara el uso del español estaba garantizado incluso para partidos entre naciones europeas o asiáticas (como el Corea del Sur contra Chequia), los estadios estadounidenses y canadienses operaban bajo un aislamiento idiomático insostenible. La rectificación fáctica de la FIFA no solo repara un desaire hacia las audiencias hispanas en la Unión Americana, sino que establece al inglés y al español como los dos grandes idiomas universales e itinerantes del torneo, los cuales contarán con un traductor asignado de manera permanente en cada tarima de prensa.

